“Con el número dos nace la pena”, dijo uno de nuestros escritores más reverenciados. Los enamorados contrariados han comprendido esta frase como el inmutable camino del amor hacia su desaparición, ciertos existencialistas anodinos comprenden esas palabras como una lucha descarnada donde las elecciones son trascendentales; mientras que aquí, en esta revista, hemos interpretado de otra forma aquel mensaje profético: nuestro tercer número debía ser el producto de un tiempo complicado, necesitábamos dejar atrás el segundo y comenzar a diagramar nuestra larga existencia, permitiéndonos esquivar pétreos charcos de vómitos, complicaciones emocionales y obligaciones burocráticas. Finalmente, noqueados por estos uppercuts incesantes que nos brindaba nuestra cotidianeidad, decidimos dejar de beber, separarnos de nuestras familias y dejar de pagar los impuestos municipales, con el único objetivo de acercarles a ustedes algo más de lo que nos convierte en personas singulares, una escama más de nuestra piel reseca por este Sol platónico.
Es por ello que esta vez encontrarán: la verdadera versión sobre la muerte de Salinger, un observación tangencial de la música de Walter Malosetti, los prometedores poemas de un hombre que escribe en el oscuro interior de una cabina espejada, el retrato tosco de una librería ubicua pintado con una brocha cargada de pintura, y las otras secciones que ya nos han hecho molecularmente conocidos.
Sin embargo, a la hora de juzgar, les aconsejamos otras palabras de Don Leopoldo: “Un cirujano no opera a un familiar. Un abogado no defiende el caso de una persona muy próxima. No deseo juzgar a mis compañeros coetáneos: puedo ser injusto en más o en menos”.
